Cuando la ilusión se esfuma… de nuevo en mi vida el jaguar enjaulado de Borges…

Acá estoy. Nuevamente. Enjaulado. Nuevamente con bosal y con patas atadas. Lamiendo mis heridas, tratando de entender qué es lo que debo aprender de esta lección y qué es lo que realmente pasó. Por qué dejé que pasara. Nuevamente. Derrotado y sin ganas de levantarme. Viendo el alrededor. La jaula de rejas gruesas que yo mismo ayudé a construir. El frío piso de cemento al que volví a caer al dejarme encerrar una y otra vez. La luz falsa que no transmite nada pero ciega al abrir los ojos. No siento el aire… no se mueve… no acaricia… no susurra. El silencio es tan aterrador que solamente por eso quisiera romper las ataduras y para lograr a esconderme en el rincón de la jaula. Hacerme invisible, desaparecer. Me irrita mi respiración, me irrita el ritmo de mi corazón. Me irrita todo. Pero allí estoy. Sintiendo casi la tan deseada paz interna al aceptar mi resignación.

Así ya estaba. Una y otra vez. Creyendo que no hay como salirse de la jaula, hasta que llegaron ellos… Primero sin mucho entusiasmo los observaba. Su comportamiento y sus palabras de animo me llamaron la atención. Dejé que entrara la duda. Tal vez era posible que por lo menos me desataran las patas? Lo hicieron. Y luego me quitaron el bosal.
Hablando me bonito. Contándome sobre la libertad. Emocionándome. Haciendome creer que esta vez todo se va a terminar. Mi prisión, mi resignación.

Todavía dentro de la jaula, pero ya sin ataduras estuve apunto de atacarlos para poder salirme y huir. Mi instinto me gritaba con todas sus fuerzas que lo hiciera. Me calmaron, me sedaron y empecé a creer. Callé a mi instinto así como me mandaron hacerlo. Empecé a disfrutar la ilusión de que todo se puede y todo lo puedo. Me sentí tan grande y tan poderoso. Me sacaron de la jaula. Respiré el aire fresco, disfrutaba cada caricia suya. Me dejaba susurrar en los oídos. La luz del sol quemaba mis ojos, pero se sentía tan mágico. Calor, luz, aire – libertad.

Pensaba que nadie podía detenerme. Y sentí tanto agradecimiento con mis liberadores que dejé atrás cualquier duda. Creí profundamente que finalmente encontré el paraíso dentro de mi existencia. Me apegué tanto a mis liberadores que aunque en mi cabeza surgía una pregunta trás otra callaba mi cerebro para simplemente disfrutar la vida que me enseñaron a retomar.

Corrí libremente. Corrí por todo el bosque. No encontraba límites, ni paredes ni rejas. Empecé a creer que realmente estaba libre. Sentí tanto agradecimiento con mis liberadores que realmente empecé a amarlos. Amarlos con mi amor protector. Defendiéndolos ante todos y contra todos. Sin darme cuenta que en lugar de disfrutar la libertad me estaba conviertiendo en un perro domado. Una simple mascota manipulada cuyos instintos fueron completamente destruidos durante el entrenamiento de puro azúcar.

Sabían perfectamente lo que necesitaba. Sabían perfectamente como guiarme a donde querían. Sabían perfectamente como lograr que dependiera de su existencia. Los seguía sin ninguna cuerda ni cadena. Libremente, agradeciendoles mi liberación con mi lealtad y amor. Sí, me convertí en un perro. Un perro que mueve su cola siempre que su amo se acerca. Acepté a tolerar todo. Presencia de otros anterioremente enjaulados sin importar mi instinto los repelaba. Me convencí que mi instinto era lo que me tenía enjaulado. El hecho de no querer en el bien y en el futuro. El hecho de cuestionar demasiado los que se me acercan y verlos por medio de mi ética. Ética del derrotado, pero ética.

Y luego llegó un día lleno de paz y harmonia como los que solía disfrutar en el bosque. Me desperté con ganas de correr y sentir las caricias del aire. Sentí la misma fuerza enorme para poder enfrentarme lo que sea. Derepente tropecé. Sentí un collar apretando y un jalón tras otro. No lo podía creer. No lo quería aceptar… Me duele hasta el alma haberme rebelado a todos mis instintos solamente para regresar a donde estaba.

Hasta que aparecí nuevamente acá. Nuevamente. Enjaulado. Nuevamente con bosal y con patas atadas. Lamiendo mis heridas, tratando de entender qué es lo que debo aprender de esta lección y qué es lo que realmente pasó. Por qué dejé que pasara. Nuevamente. Derrotado y sin ganas de levantarme. Viendo el alrededor. La jaula de rejas gruesas que yo mismo ayudé a construir. El frío piso de cemento al que volví a caer al dejarme encerrar una y otra vez. La luz falsa que no transmite nada pero ciega al abrir los ojos. No siento el aire… no se mueve… no acaricia… no susurra. El silencio es tan aterrador que solamente por eso quisiera romper las ataduras y para lograr a esconderme en el rincón de la jaula. Hacerme invisible, desaparecer. Me irrita mi respiración, me irrita el ritmo de mi corazón. Me irrita todo. Pero allí estoy. Sintiendo casi la tan deseada paz interna al aceptar mi resignación.

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